Jamás creí publicar esta carta. Hace cuatro años cuando fui al Vaticano para investigar unos documentos para mi tesis me ocurrió un suceso inaudito: dentro de un ejemplar de la Summa Theologiae, del Aquinate, encontré un papel que parecía haber servido como separador hace algunos años.
Nada tendría de extraordinario si hubiera sido por mi poco cuidado: sin considerar que el papel podría ser una antiguedad ("no se ve tan viejo", me dije) lo tomé y me dispuse a ponerlo entre la carátula y la primera página de mi edición. ¡Cuál fue mi sorpresa al encontrar una de las esquinas del libro un poco arrancada!
Lo primero que pensé fue que quizá algún estudiante imbécil había querido usar parte de la carátula como separador o algo por el estilo. Por eso intenté acomodar un poco ese desgaste para, acto seguido, llevarlo al biblotecario en turno y avisar del desperfecto. Así como puse mis dedos en la carátula saltó a mi vista algo que cambiaría mi vida, en al menos un sentido, para siempre: "us Hipone..." alcancé a leer en lo que era la parte interna de la carátula.
Instantáneamente recordé mis clases de Historia donde mi profesor había comentado que en tiempos remotos, cuando no había tanto papel como hoy (pero sí más árboles) se solía ocupar casi cualquier cosa para crear las carátulas y portadas de algunos ejemplares importantes.
Revisé el marco legal de mi edición de la Summa: Roma... 1584... ¡1586! Tenía en mis manos un ejemplar antiquísimo de la obra que seguramente a los catalogadores se les había pasado por alto. ¡Y no nada más eso! Era posible que la portada estubiera hecha con una obra de Agustín de Hipona. "Después de todo -pensé- la mejor amiga de mi novia encontró un ejemplar del Quijote cuasioriginal enla biblioteca de su preparatoria, en México".
Quizá era demasiado optimista o deseaba enfermizamente haber encontrado algo de incalculable valor. Como sea, no reparé en conseguir un modo de robarme el libro. Actividad que deseché instantáneamente al escuchar la arenga de mi santa madre al enterarse que su único varón se había vuelto un ladronzuelo.
Así, decidí hacer algo aún más atrevido: desarmar un libro de 1586 sin que nadie se diera cuenta y deseando no ir a cometer un crimen bibliológico. Saqué mi navaja suiza-desarmador-abre latas- destapa corchos y me dispuse con todo el cuidado a desprender la portada. La firma saltó a mis ojos: "Agustinus Hiponensis".
Después de casi seis horas de intensa labor logré rescatar el documento que enmarcaba la obra de Santo Tomás. Aunque estaba en latín y mis estudios de esa lengua no habían sido los mejores, pude leer el documento casi sin problemas: se trataba de una carta a una tal Floria Emilia, la dilectísima de Agustín, según lo que podía ver.
Me desmoroné: si ese documento era real, ¿significaba que el castísimo Obispo había tenido una amante? Sin embargo, al releer la carta me animé y mucho: ¿podría tratarse de la concubina que menciona Agustín en sus famosas Confesiones? Traduzco la carta y espero que ustedes juzguen:
"Estimada Floria Emilia, la más querida:
He recibido tu carta y no puedo más que decirte que me llenó de alegría saber de ti, pero me mató de tristeza saber de ti en estos términos. ¿Fuiste realmente tú, Floria, la que redactó esas dolorosas líneas?, ¿o acaso el veneno de algún funesto enemigo fluyó por tu pluma y manchó la carta que me mandas?
No te reconocí en tus líneas, aunque las anécdotas que compartimos acusan tu identidad. Me gustará escribirte pronto y largo, te mandaré una respuesta digna de ti en poco tiempo. Sin embargo, en este momento me es imposible, pues tengo una disputa que terminar de trabajar y me acabo de enterar de que mi buen amigo, Crisóstomo de Roma, parte hacia África el día de mañana.
Recibe esta misiva como muestra de mi buena voluntad y mi deseo de no perder la oportunidad de contestar a las líneas que me hiciste favor de regalarme.
Floria, mi más querida, te saludo no como el Obispo de Hipona, sino como el hombre que protege tu recuerdo y sangra las heridas que le proferiste.
En profundo amor de Dios, espero que perdones mis afrentas,
Agustinus Hiponensis".
Yo opiné que sí era esa concubina. Y no sólo eso, decidí ponerme a buscar tanto la carta de la tal Floria como la respuesta de Agustín. La búsqueda se volvió mi obsesión, tanto que abandoné la tesis y perdí mi empleo.
Sin embargo valió la pena la búsqueda. Es mi intención narrar rápidamente cómo di con la carta de Floria y cómo con la de Agustín, pero ahora que publico esto mi editor me ha forzado a separar este prólogo en dos capítulos distintos: "la gente ya no sabe leer, Zoon", me sentenció.
martes, 12 de junio de 2007
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

2 comentarios:
!Te atreviste a profanar un ejemplar de la Suma Teológica del siglo XVI!
Espero que la historia que empiesas a narrar justifique ese acto.
Me parece curioso e ironico que un secreto de Agustín lo encuentres en Tomas...
Bastante irónico, de hecho. Recuerdo haber sonreído cuando leí esa frase.
Publicar un comentario