jueves, 28 de junio de 2007

Capítulo II. Recuentos de su niñez.

¿O es que acaso tenemos algo más en este mundo que el hoy? No, no hay nada más. Como lo dije en mis Confesiones (¡no te puedo expresar el honor que me hiciste al leerlas y, más aún, al comentármelas) lo único que posee el hombre es el hoy, pues en el tiempo no hay otra cosa real. El pasado, Floria, ya no existe: se mantiene tan sólo en nuestra memoria, como una imagen de algo que fue. Sin embargo, el pasado ha cedido su lugar a la inexistencia. Y el futuro, ¿qué decir del futuro, al cual tanto aspiramos en nuestra indocta juventud? No es nada, absolutamente nada.

Es menos aún que el pasado, pues éste tiene la cualidad de haber existido, mas el futuro es tan sólo lo que vendrá: algo que jamás ha existido. Esperar el futuro, tender a él como lo que vale la pena -como tantas veces hice hace unos años- es poner la mirada en el abismo de la inexistencia. ¿Por qué, entonces, no darle el valor que tiene a lo único que poseemos, al presente?

Quizá porque el presente es apenas un instante ahogado en su propia contingencia. Es un ya que se nos escurre de las manos sin la mínima consideración. Y sin embargo es lo que tenemos. No hay nada más que el hoy, el aquí y el ahora en nuestra historia.

Pero no te molestes, Floria, mi más querida. Con esta arenga no pretendo escaparme, como Pilatos, de lo que hice, de mi pasado. Aunque lo hecho, hecho esté, te mereces una explicación más a mis acciones. ¡Alabo a Dios, a mi Continencia, porque por Él mi memoria puede vencer la contingencia de lo que vivimos y ya no es más! (Le pido a él la fuerza necesaria para platicarte de nuevo sobre el Aurelio que vivió antes de conocerte! Pues, Floria, ese Aurelio es el esenario sobre el cual se construyó aquél joven que, alguna vez, bajo la sombra de un árbol, se enamoró de ti.

Desde muy niño, como ya te había dicho, fui un alma inquieta. Me atormentaba el escepticismo que vivía en Tagaste junto a mi padre. ¿Recuerdas que te platiqué de cómo mi buen padre me regañaba cuando, con la imprudencia de la edad, lo retaba a resolverme dudas que tenía? ¡Cómo recuerdo la nalgada que me dio cuando le dije que eranecesario investigar si era verdad el paganismo que él me enseñaba o el cristianismo que profesaba mi santa madre! ¿Te acuerdas, mi Floria, cómo reímos recordando la imprudencia de un niño de cinco años que pregunta eso? ¿Por qué, por qué esos recuerdos que nos hacían reír cuando dormíamos costado con costado ahora te hacen escribirme con la dolorosa pluma del despecho?

Recuerdo también cómo me divertía inventarme historias lo suficientemente fantásticas para ser interesantes, pero lo suficientemente coherentes para ser creíbles. Recuerdo mi afán de mentirle así a mis amigos y parientes buscando sólo el gozo de haber conseguido que me creyeran. Recuerdo que el primer día que me besaste fue después de que te conté una de esas historias, ¿la recuerdas?

Trataba de Ortólego, un héroe griego que viajaba por mar hasta Roma para salvar a su amante (no recuerdo el nombre, ¿tú sí?). En Roma conocía a un pequeño niño que le informaba de la muerte de ella. Entonces, loco de dolor, se embarcaba buscando el fin del mundo para tirarse por la borda y morir. Navegó durante años hasta que alcanzó una tierra lejana donde desembarcó y construyó una casita para vivir. Esperaba vivir allí hasta el día de su muerte, sufriendo en soledad la pérdida del amor de su vida. Entonces, una noche, una pequeña niña se le apareció en sueños y le dijo que ya no llorara, que perder a su amada sólo era el principio de una nueva vida para él, que era necesaria esa muerte para que él llegara a esas tierras y las poblara, pues estaban destinadas a ser casa de un Patricio llamado Aurelio Agustín.

Me comentaste que te gustaba la imaginación que tenía desde pequeño, la inquietud que mostraba mi espíritu por las letras. Y no lo niego, Floria, jamás lo negaré: yo hubiera sido muy feliz de poder dedicarme tan sólo a Cicerón, Platón y otros autores. Me gusta la fantasía.

Pero esa fantasía no me dejaba medir mis acciones. Pero no quiero recordar aquí todo lo que hice de niño, ya leíste mis Confesiones y ahí hablo mucho del tema. Lo importante de esto es que recuerdes quién era yo antes de conocerte.

¿Por qué es esto importante? Pues porque aunque el pasado ya no sea, por él somos lo que somos. El pasado nos configura, nos guía. Sin pasado, Floria, no tenemos futuro, porque sin él no existiríamos hoy. Sí, la vida es breve, tan breve como el instante que poseemos en cada momento. Pero la historia es larga.

¿Te hubieras enamorado de mí si de niño no hubiera sido como fui, si no hubiera hecho lo que hice? No. ¿Me hubiera enamorado de ti, si no fueras producto de tu niñez, que tanto aprendí a conocer? Tampoco. ¿Sería hoy obispo de Hipona la Grande, si no hubiera disfrutado tus caricias aquellas noches? Por supuesto que no.

Soy Obispo de Hipona porque dormí a tu lado (tú sabes a qué me refiero), nuestras historias -hasta en esto- están entrelazadas. Dormí a tu lado porque de niño soñé contigo y porque de niña fuiste de un tal modo que quiero recordarte.

2 comentarios:

Gorgias dijo...

En verdad me estoy convirtiendo en fan de esta novela.
Pero le cuestiono a San Agustin, el futuro existe tanto (o más que el pasado).
En primer lugar (explicación cosmológica o metafísica si se quiere) existe en tanto que es potencia. Así como el pasado existe en tanto causa del presente, el futuro existe como consecuencias del presente.
En segundo lugar (explicación antropológica o gnoseológica), el futuro existe en tanto que esperanza. El pasado es recuerdo mientras que el futuro es esperanza. Y en cierto sentido existe más la esperanza que el recuerdo; en tanto que el recuerdo es una sola cosa (como la historia), mientras que la esperanza puede ser múltiple, su única limitante sería la coherencia (como la fantasía o la poética). (Gracias Aristóteles.
Espero el tercer capítulo. Felicidades

Emilia Kiehnle dijo...

Jeje, yo me estoy volviendo fan de tus comentarios.

En cuanto al autor, me da gusto que te estés divirtiendo con nosotros, jeje (reconozco perfectamente las anécdotas transformadas). A veces, hasta siento que soy "esa" Emilia.