martes, 26 de junio de 2007

Capítulo I. Salutación, memento.

Floria, dilectísima mía:

Por fin encuentro un momento de paz para sentarme a escribirte. Dios me permita con su Gracia poner ante ti una contestación digna de la carta que me mandaste y aún más digna de estos recuerdos que poseo de nosotros y de aquellos momentos que me dieron sentido durante los años más terribles de mi existencia.

Tú lo sabes, Floria, lo hablamos. ¿Recuerdas aquellas pláticas? Si no hubiera sido por ti me hubiera perdido más en este laberinto que llamamos vida. Breve, sí; pero laberíntica es la vida. Tú me acompañaste durante los momentos más aciagos de mi inflamada juventud. Mientras todo yo buscaba el Nombre a lo largo y ancho de este mundo, tú le dabas sentido a mis ansias y a mis descansos: fuiste un puerto en los instantes más desesperados, un oásis allí, en las cálidas tierras de mi insatisfecha juventud.

Pero, por nuestra corta edad, Floria, también fuimos el fuego mutuo. Un fuego que nos abrazó como hoguera: cálido y casero, pero ardiente y penetrador. ¿Recuerdas cuando hablábamos de estos temas? Por tu carta podría sentir que no te acuerdas, pero por ella misma sé que lo haces: despechas mi elección y eso sólo me indica que sientes aún las brazas de ese fuego, que lo recuerdas, acaso que lo añoras.

Por eso, Floria, mi más querida, es que ahora te contesto. Indigno sería del cariño que te tengo y de la amistad que te profeso huir de tus líneas y fingir que no las sentí lacerantes como el cruento acero bárbaro que azota a Roma. Floria, lloré al leer tus líneas. Ya lloro escribiendo la respuesta. Espero que la leas y que con ésta comprendas por fin aquellos motivos que intenté comunicarte en la plática que sostuvimos recién tuvo lugar mi conversión. Toma mis líneas como lo que son, al menos para mí: un intento más de agraciarme contigo, a quien creo haber lastimado mucho, frente a los ojos de Dios. En su amparo te escribo y le ruego porque me dé la elocuencia que necesito para mostrarte estos caminos por los que mi alma ha tenido que subir en la caza que ahora la empeña.

Así como hace años fuiste mi puerto y mi sustento, te pido hoy que seas los oídos y el espíritu que reciba esta misiva. No olvides que la vida es breve, Floria: hoy es mi mejor momento para disculparme ante ti por los dolores causados y para presentarte a mi Continencia, amante que en tu carta pareces despreciar. Hablemos del Amor, Floria, hablemos de ti y de mí y de nuestro Tercero en discordia. Perdóname hoy, escúchame hoy y compréndeme hoy. Pues desde mi conversión comprendí que la brevedad de mi existencia se resume en el eterno instante que se llama "hoy".

2 comentarios:

Gorgias dijo...

Se siente en las letras de Agustín esa angustia tan propia de Agustín después de su convercion.
Porque todo lo que hizo en su adolescencia lo persigue hasta cuando es obispo.
Ella, su antigua concubina, es un recuerdo de su vida pasada.
Eso es lo mejor logrado en este largo, pero interesente, saludo de Agustín a Floria

Emilia Kiehnle dijo...

Escogiste un buen tema: es tu tema. Lo que llevo me ha gustado, pero me guardaré mis comentarios para más adelante...