miércoles, 13 de junio de 2007

Prólogo - Parte 2.

Lo primero que hice fue guardarme la carta en la bolsa interna del saco y devolver el libro. Salí de ahí rezando por que nadie me detuviera por lo que acababa de hacer. Ya en la calle caminé y después corrí hasta mi departamento en la Piazza Sforza. Ahí releí la carta de San Agustín en busca de alguna pista que me llevara a la respuesta que estaba buscando. Sin embargo, no di con ninguna.



Decidí salir a caminar por aquellas calles italianas en busca de oxígeno para mi cerebro. Necesitaba pensar, acababa de robarme un documento antiquísimo y, por si eso fuera poco, estaba convencido de querer cerrar el círculo de esta historia. Así que regresé a mi departamento, guardé mis cosas, liquidé la renta y me largué a Hipona.



Cabe aclarar que Hipona ya no existe y que debí dirigirme entonces a Annaba, Argelia. Todo fue demasiado fácil: transporte, viáticos. Todo. Salvo el lenguaje. Cuando llegué descubrí que debía conseguirme un traductor y un guía. El traductor y el guía resultaron ser la misma persona: una joven argeliana enamorada de la cultura mesoamericana, porque lo que hablaba casi a la perfección el español.

Con ella rastreé los pasos del Obispo de Hipona y armamos la historia. No reparo en ello para no aburrirlos en este prólogo. Tan sólo les digo que después de cuatro meses logramos encontrar un documento que hablaba de la carta de San Agustín. Es un pasaje del Supra Esse Dei. Nominibus et problemata. de un tal Benito de Ostia:

"Dixit Pater Agustinus, adversus Floria, amor amens Dei, amor demens conubii est...".

No puedo expresar la alegría que me dio encontrar esta única referencia al texto que tanto buscaba, había al menos una referencia cruzada a la carta que sirvió como respuesta a Floria. ¡Y era una respuesta que, al parecer, hablaría sobre el amor! "Amor amens Dei, amor demens conubii est".

Tomé el documento y corrí a ver a un Padre Agustino con el que había entablado buena amistad. Quería presentarle mi descubrimiento. Cuando le platiqué mis investigaciones se impresionó mucho. Primero porque efectivamente la nota que había extraído de la Summa era inédita. Después porque me la había robado. Pero lo que más le impresionó era mi estupidez: "Zoon, me dijo, si te interesaba buscar una obra de San Agustín, ¿no hubiera sido inteligente visitar el Archivo Vaticano?"

Me ruboricé por mi poca imaginación. Tanto deseaba verme involucrado en una historia de detectives que jamás reparé en lo evidente. Así pues tomé de nuevo mis cosas y me regresé a Roma, donde, con una carta de recomendación de mi amigo agustino, tuve acceso a toda la colección de obras de San Agustín.

Fue en la sección de obras catalogadas como de autoría dudosa donde encontré por fin la carta del Santo. Sin embargo, no había absolutamente nada de la carta de Floria Emilia. Un poco decepcionado por ello y un mucho emocionado por la epístola agustiniana me di a la tarea de transcribirla en mis apuntes. Leí la carta y me embelezó su belleza y su profundidad. Pero al no haber encontrado la misiva emiliana perdí toda esperanza de publicación.

Entonces, hace unos meses, me enteré por mi novia de un libro llamado "Vita Brevis". ¡Cuál fue mi sorpresa al enterarme que un filósofo danés tenía en sus manos la carta que yo estaba buscando! Leí la obra y entonces corrí a releer mis apuntes: ¡todo el círculo se cerraba!

Así, pues, decidí publicar la respuesta que Agustín de Hipona le dio a Floria, su antigua concubina, como respuesta a Vita Brevis, editado por Jostein Gaarder.

1 comentario:

Gorgias dijo...

Teng tres preguntas:
1¿Hace cuanto que tienes la carta de Agustin?
2 ¿comó se llamaba tu traductora y guía argelina?
3¿Podra un buho como yo pedirle una copia de vita Brevis?