¿O es que acaso tenemos algo más en este mundo que el hoy? No, no hay nada más. Como lo dije en mis Confesiones (¡no te puedo expresar el honor que me hiciste al leerlas y, más aún, al comentármelas) lo único que posee el hombre es el hoy, pues en el tiempo no hay otra cosa real. El pasado, Floria, ya no existe: se mantiene tan sólo en nuestra memoria, como una imagen de algo que fue. Sin embargo, el pasado ha cedido su lugar a la inexistencia. Y el futuro, ¿qué decir del futuro, al cual tanto aspiramos en nuestra indocta juventud? No es nada, absolutamente nada.
Es menos aún que el pasado, pues éste tiene la cualidad de haber existido, mas el futuro es tan sólo lo que vendrá: algo que jamás ha existido. Esperar el futuro, tender a él como lo que vale la pena -como tantas veces hice hace unos años- es poner la mirada en el abismo de la inexistencia. ¿Por qué, entonces, no darle el valor que tiene a lo único que poseemos, al presente?
Quizá porque el presente es apenas un instante ahogado en su propia contingencia. Es un ya que se nos escurre de las manos sin la mínima consideración. Y sin embargo es lo que tenemos. No hay nada más que el hoy, el aquí y el ahora en nuestra historia.
Pero no te molestes, Floria, mi más querida. Con esta arenga no pretendo escaparme, como Pilatos, de lo que hice, de mi pasado. Aunque lo hecho, hecho esté, te mereces una explicación más a mis acciones. ¡Alabo a Dios, a mi Continencia, porque por Él mi memoria puede vencer la contingencia de lo que vivimos y ya no es más! (Le pido a él la fuerza necesaria para platicarte de nuevo sobre el Aurelio que vivió antes de conocerte! Pues, Floria, ese Aurelio es el esenario sobre el cual se construyó aquél joven que, alguna vez, bajo la sombra de un árbol, se enamoró de ti.
Desde muy niño, como ya te había dicho, fui un alma inquieta. Me atormentaba el escepticismo que vivía en Tagaste junto a mi padre. ¿Recuerdas que te platiqué de cómo mi buen padre me regañaba cuando, con la imprudencia de la edad, lo retaba a resolverme dudas que tenía? ¡Cómo recuerdo la nalgada que me dio cuando le dije que eranecesario investigar si era verdad el paganismo que él me enseñaba o el cristianismo que profesaba mi santa madre! ¿Te acuerdas, mi Floria, cómo reímos recordando la imprudencia de un niño de cinco años que pregunta eso? ¿Por qué, por qué esos recuerdos que nos hacían reír cuando dormíamos costado con costado ahora te hacen escribirme con la dolorosa pluma del despecho?
Recuerdo también cómo me divertía inventarme historias lo suficientemente fantásticas para ser interesantes, pero lo suficientemente coherentes para ser creíbles. Recuerdo mi afán de mentirle así a mis amigos y parientes buscando sólo el gozo de haber conseguido que me creyeran. Recuerdo que el primer día que me besaste fue después de que te conté una de esas historias, ¿la recuerdas?
Trataba de Ortólego, un héroe griego que viajaba por mar hasta Roma para salvar a su amante (no recuerdo el nombre, ¿tú sí?). En Roma conocía a un pequeño niño que le informaba de la muerte de ella. Entonces, loco de dolor, se embarcaba buscando el fin del mundo para tirarse por la borda y morir. Navegó durante años hasta que alcanzó una tierra lejana donde desembarcó y construyó una casita para vivir. Esperaba vivir allí hasta el día de su muerte, sufriendo en soledad la pérdida del amor de su vida. Entonces, una noche, una pequeña niña se le apareció en sueños y le dijo que ya no llorara, que perder a su amada sólo era el principio de una nueva vida para él, que era necesaria esa muerte para que él llegara a esas tierras y las poblara, pues estaban destinadas a ser casa de un Patricio llamado Aurelio Agustín.
Me comentaste que te gustaba la imaginación que tenía desde pequeño, la inquietud que mostraba mi espíritu por las letras. Y no lo niego, Floria, jamás lo negaré: yo hubiera sido muy feliz de poder dedicarme tan sólo a Cicerón, Platón y otros autores. Me gusta la fantasía.
Pero esa fantasía no me dejaba medir mis acciones. Pero no quiero recordar aquí todo lo que hice de niño, ya leíste mis Confesiones y ahí hablo mucho del tema. Lo importante de esto es que recuerdes quién era yo antes de conocerte.
¿Por qué es esto importante? Pues porque aunque el pasado ya no sea, por él somos lo que somos. El pasado nos configura, nos guía. Sin pasado, Floria, no tenemos futuro, porque sin él no existiríamos hoy. Sí, la vida es breve, tan breve como el instante que poseemos en cada momento. Pero la historia es larga.
¿Te hubieras enamorado de mí si de niño no hubiera sido como fui, si no hubiera hecho lo que hice? No. ¿Me hubiera enamorado de ti, si no fueras producto de tu niñez, que tanto aprendí a conocer? Tampoco. ¿Sería hoy obispo de Hipona la Grande, si no hubiera disfrutado tus caricias aquellas noches? Por supuesto que no.
Soy Obispo de Hipona porque dormí a tu lado (tú sabes a qué me refiero), nuestras historias -hasta en esto- están entrelazadas. Dormí a tu lado porque de niño soñé contigo y porque de niña fuiste de un tal modo que quiero recordarte.
jueves, 28 de junio de 2007
martes, 26 de junio de 2007
Capítulo I. Salutación, memento.
Floria, dilectísima mía:
Por fin encuentro un momento de paz para sentarme a escribirte. Dios me permita con su Gracia poner ante ti una contestación digna de la carta que me mandaste y aún más digna de estos recuerdos que poseo de nosotros y de aquellos momentos que me dieron sentido durante los años más terribles de mi existencia.
Tú lo sabes, Floria, lo hablamos. ¿Recuerdas aquellas pláticas? Si no hubiera sido por ti me hubiera perdido más en este laberinto que llamamos vida. Breve, sí; pero laberíntica es la vida. Tú me acompañaste durante los momentos más aciagos de mi inflamada juventud. Mientras todo yo buscaba el Nombre a lo largo y ancho de este mundo, tú le dabas sentido a mis ansias y a mis descansos: fuiste un puerto en los instantes más desesperados, un oásis allí, en las cálidas tierras de mi insatisfecha juventud.
Pero, por nuestra corta edad, Floria, también fuimos el fuego mutuo. Un fuego que nos abrazó como hoguera: cálido y casero, pero ardiente y penetrador. ¿Recuerdas cuando hablábamos de estos temas? Por tu carta podría sentir que no te acuerdas, pero por ella misma sé que lo haces: despechas mi elección y eso sólo me indica que sientes aún las brazas de ese fuego, que lo recuerdas, acaso que lo añoras.
Por eso, Floria, mi más querida, es que ahora te contesto. Indigno sería del cariño que te tengo y de la amistad que te profeso huir de tus líneas y fingir que no las sentí lacerantes como el cruento acero bárbaro que azota a Roma. Floria, lloré al leer tus líneas. Ya lloro escribiendo la respuesta. Espero que la leas y que con ésta comprendas por fin aquellos motivos que intenté comunicarte en la plática que sostuvimos recién tuvo lugar mi conversión. Toma mis líneas como lo que son, al menos para mí: un intento más de agraciarme contigo, a quien creo haber lastimado mucho, frente a los ojos de Dios. En su amparo te escribo y le ruego porque me dé la elocuencia que necesito para mostrarte estos caminos por los que mi alma ha tenido que subir en la caza que ahora la empeña.
Así como hace años fuiste mi puerto y mi sustento, te pido hoy que seas los oídos y el espíritu que reciba esta misiva. No olvides que la vida es breve, Floria: hoy es mi mejor momento para disculparme ante ti por los dolores causados y para presentarte a mi Continencia, amante que en tu carta pareces despreciar. Hablemos del Amor, Floria, hablemos de ti y de mí y de nuestro Tercero en discordia. Perdóname hoy, escúchame hoy y compréndeme hoy. Pues desde mi conversión comprendí que la brevedad de mi existencia se resume en el eterno instante que se llama "hoy".
Por fin encuentro un momento de paz para sentarme a escribirte. Dios me permita con su Gracia poner ante ti una contestación digna de la carta que me mandaste y aún más digna de estos recuerdos que poseo de nosotros y de aquellos momentos que me dieron sentido durante los años más terribles de mi existencia.
Tú lo sabes, Floria, lo hablamos. ¿Recuerdas aquellas pláticas? Si no hubiera sido por ti me hubiera perdido más en este laberinto que llamamos vida. Breve, sí; pero laberíntica es la vida. Tú me acompañaste durante los momentos más aciagos de mi inflamada juventud. Mientras todo yo buscaba el Nombre a lo largo y ancho de este mundo, tú le dabas sentido a mis ansias y a mis descansos: fuiste un puerto en los instantes más desesperados, un oásis allí, en las cálidas tierras de mi insatisfecha juventud.
Pero, por nuestra corta edad, Floria, también fuimos el fuego mutuo. Un fuego que nos abrazó como hoguera: cálido y casero, pero ardiente y penetrador. ¿Recuerdas cuando hablábamos de estos temas? Por tu carta podría sentir que no te acuerdas, pero por ella misma sé que lo haces: despechas mi elección y eso sólo me indica que sientes aún las brazas de ese fuego, que lo recuerdas, acaso que lo añoras.
Por eso, Floria, mi más querida, es que ahora te contesto. Indigno sería del cariño que te tengo y de la amistad que te profeso huir de tus líneas y fingir que no las sentí lacerantes como el cruento acero bárbaro que azota a Roma. Floria, lloré al leer tus líneas. Ya lloro escribiendo la respuesta. Espero que la leas y que con ésta comprendas por fin aquellos motivos que intenté comunicarte en la plática que sostuvimos recién tuvo lugar mi conversión. Toma mis líneas como lo que son, al menos para mí: un intento más de agraciarme contigo, a quien creo haber lastimado mucho, frente a los ojos de Dios. En su amparo te escribo y le ruego porque me dé la elocuencia que necesito para mostrarte estos caminos por los que mi alma ha tenido que subir en la caza que ahora la empeña.
Así como hace años fuiste mi puerto y mi sustento, te pido hoy que seas los oídos y el espíritu que reciba esta misiva. No olvides que la vida es breve, Floria: hoy es mi mejor momento para disculparme ante ti por los dolores causados y para presentarte a mi Continencia, amante que en tu carta pareces despreciar. Hablemos del Amor, Floria, hablemos de ti y de mí y de nuestro Tercero en discordia. Perdóname hoy, escúchame hoy y compréndeme hoy. Pues desde mi conversión comprendí que la brevedad de mi existencia se resume en el eterno instante que se llama "hoy".
lunes, 25 de junio de 2007
Notas preliminares.
- Agustín de Hipona nació en Tagaste (354). Es de Hipona, porque ahí fungió como Obispo.
- Agustín murió en Hipona el año de 430, durante el sitio de los vándalos.
- Agustín es Santo canónico por la Iglesia Católica.
- Esta respuesta de San Agustín a su concubina la he editado en algunos capítulos para facilitar su lectura y para remarcar el ordenadísimo pensamiento del autor que, de un modo casi impecable, siguió el discurso de Floria y lo respondió puntualmente.
- Algunas frases de Agustín no las he traducido por cuestiones de fidelidad al texto, sin embargo, estas excepciones -en s mayoría- encontrarán una traducción alterna en notas al pie de página.
- Aunque esta es la contestación de San Agustín a Floria Emilia, pienso que uno puede leer la carta sin mayor complicación aunque no se conozca el otro tema. La pluma de Agustín es universal incluso en este texto y, aunque algunas referencias serán ocultas si se desconoce el codex emiliano, la presente respuesta se podrá entender aún. Aún así, en los casos en que el texto pudiera ser demasiado obscuro, pondré la referencia a la carta como nota a pie siguiendo la edición de Gaarder.
miércoles, 13 de junio de 2007
Prólogo - Parte 2.
Lo primero que hice fue guardarme la carta en la bolsa interna del saco y devolver el libro. Salí de ahí rezando por que nadie me detuviera por lo que acababa de hacer. Ya en la calle caminé y después corrí hasta mi departamento en la Piazza Sforza. Ahí releí la carta de San Agustín en busca de alguna pista que me llevara a la respuesta que estaba buscando. Sin embargo, no di con ninguna.
Decidí salir a caminar por aquellas calles italianas en busca de oxígeno para mi cerebro. Necesitaba pensar, acababa de robarme un documento antiquísimo y, por si eso fuera poco, estaba convencido de querer cerrar el círculo de esta historia. Así que regresé a mi departamento, guardé mis cosas, liquidé la renta y me largué a Hipona.
Cabe aclarar que Hipona ya no existe y que debí dirigirme entonces a Annaba, Argelia. Todo fue demasiado fácil: transporte, viáticos. Todo. Salvo el lenguaje. Cuando llegué descubrí que debía conseguirme un traductor y un guía. El traductor y el guía resultaron ser la misma persona: una joven argeliana enamorada de la cultura mesoamericana, porque lo que hablaba casi a la perfección el español.
Con ella rastreé los pasos del Obispo de Hipona y armamos la historia. No reparo en ello para no aburrirlos en este prólogo. Tan sólo les digo que después de cuatro meses logramos encontrar un documento que hablaba de la carta de San Agustín. Es un pasaje del Supra Esse Dei. Nominibus et problemata. de un tal Benito de Ostia:
"Dixit Pater Agustinus, adversus Floria, amor amens Dei, amor demens conubii est...".
No puedo expresar la alegría que me dio encontrar esta única referencia al texto que tanto buscaba, había al menos una referencia cruzada a la carta que sirvió como respuesta a Floria. ¡Y era una respuesta que, al parecer, hablaría sobre el amor! "Amor amens Dei, amor demens conubii est".
Tomé el documento y corrí a ver a un Padre Agustino con el que había entablado buena amistad. Quería presentarle mi descubrimiento. Cuando le platiqué mis investigaciones se impresionó mucho. Primero porque efectivamente la nota que había extraído de la Summa era inédita. Después porque me la había robado. Pero lo que más le impresionó era mi estupidez: "Zoon, me dijo, si te interesaba buscar una obra de San Agustín, ¿no hubiera sido inteligente visitar el Archivo Vaticano?"
Me ruboricé por mi poca imaginación. Tanto deseaba verme involucrado en una historia de detectives que jamás reparé en lo evidente. Así pues tomé de nuevo mis cosas y me regresé a Roma, donde, con una carta de recomendación de mi amigo agustino, tuve acceso a toda la colección de obras de San Agustín.
Fue en la sección de obras catalogadas como de autoría dudosa donde encontré por fin la carta del Santo. Sin embargo, no había absolutamente nada de la carta de Floria Emilia. Un poco decepcionado por ello y un mucho emocionado por la epístola agustiniana me di a la tarea de transcribirla en mis apuntes. Leí la carta y me embelezó su belleza y su profundidad. Pero al no haber encontrado la misiva emiliana perdí toda esperanza de publicación.
Entonces, hace unos meses, me enteré por mi novia de un libro llamado "Vita Brevis". ¡Cuál fue mi sorpresa al enterarme que un filósofo danés tenía en sus manos la carta que yo estaba buscando! Leí la obra y entonces corrí a releer mis apuntes: ¡todo el círculo se cerraba!
Así, pues, decidí publicar la respuesta que Agustín de Hipona le dio a Floria, su antigua concubina, como respuesta a Vita Brevis, editado por Jostein Gaarder.
Decidí salir a caminar por aquellas calles italianas en busca de oxígeno para mi cerebro. Necesitaba pensar, acababa de robarme un documento antiquísimo y, por si eso fuera poco, estaba convencido de querer cerrar el círculo de esta historia. Así que regresé a mi departamento, guardé mis cosas, liquidé la renta y me largué a Hipona.
Cabe aclarar que Hipona ya no existe y que debí dirigirme entonces a Annaba, Argelia. Todo fue demasiado fácil: transporte, viáticos. Todo. Salvo el lenguaje. Cuando llegué descubrí que debía conseguirme un traductor y un guía. El traductor y el guía resultaron ser la misma persona: una joven argeliana enamorada de la cultura mesoamericana, porque lo que hablaba casi a la perfección el español.
Con ella rastreé los pasos del Obispo de Hipona y armamos la historia. No reparo en ello para no aburrirlos en este prólogo. Tan sólo les digo que después de cuatro meses logramos encontrar un documento que hablaba de la carta de San Agustín. Es un pasaje del Supra Esse Dei. Nominibus et problemata. de un tal Benito de Ostia:
"Dixit Pater Agustinus, adversus Floria, amor amens Dei, amor demens conubii est...".
No puedo expresar la alegría que me dio encontrar esta única referencia al texto que tanto buscaba, había al menos una referencia cruzada a la carta que sirvió como respuesta a Floria. ¡Y era una respuesta que, al parecer, hablaría sobre el amor! "Amor amens Dei, amor demens conubii est".
Tomé el documento y corrí a ver a un Padre Agustino con el que había entablado buena amistad. Quería presentarle mi descubrimiento. Cuando le platiqué mis investigaciones se impresionó mucho. Primero porque efectivamente la nota que había extraído de la Summa era inédita. Después porque me la había robado. Pero lo que más le impresionó era mi estupidez: "Zoon, me dijo, si te interesaba buscar una obra de San Agustín, ¿no hubiera sido inteligente visitar el Archivo Vaticano?"
Me ruboricé por mi poca imaginación. Tanto deseaba verme involucrado en una historia de detectives que jamás reparé en lo evidente. Así pues tomé de nuevo mis cosas y me regresé a Roma, donde, con una carta de recomendación de mi amigo agustino, tuve acceso a toda la colección de obras de San Agustín.
Fue en la sección de obras catalogadas como de autoría dudosa donde encontré por fin la carta del Santo. Sin embargo, no había absolutamente nada de la carta de Floria Emilia. Un poco decepcionado por ello y un mucho emocionado por la epístola agustiniana me di a la tarea de transcribirla en mis apuntes. Leí la carta y me embelezó su belleza y su profundidad. Pero al no haber encontrado la misiva emiliana perdí toda esperanza de publicación.
Entonces, hace unos meses, me enteré por mi novia de un libro llamado "Vita Brevis". ¡Cuál fue mi sorpresa al enterarme que un filósofo danés tenía en sus manos la carta que yo estaba buscando! Leí la obra y entonces corrí a releer mis apuntes: ¡todo el círculo se cerraba!
Así, pues, decidí publicar la respuesta que Agustín de Hipona le dio a Floria, su antigua concubina, como respuesta a Vita Brevis, editado por Jostein Gaarder.
martes, 12 de junio de 2007
Prólogo - Parte 1.
Jamás creí publicar esta carta. Hace cuatro años cuando fui al Vaticano para investigar unos documentos para mi tesis me ocurrió un suceso inaudito: dentro de un ejemplar de la Summa Theologiae, del Aquinate, encontré un papel que parecía haber servido como separador hace algunos años.
Nada tendría de extraordinario si hubiera sido por mi poco cuidado: sin considerar que el papel podría ser una antiguedad ("no se ve tan viejo", me dije) lo tomé y me dispuse a ponerlo entre la carátula y la primera página de mi edición. ¡Cuál fue mi sorpresa al encontrar una de las esquinas del libro un poco arrancada!
Lo primero que pensé fue que quizá algún estudiante imbécil había querido usar parte de la carátula como separador o algo por el estilo. Por eso intenté acomodar un poco ese desgaste para, acto seguido, llevarlo al biblotecario en turno y avisar del desperfecto. Así como puse mis dedos en la carátula saltó a mi vista algo que cambiaría mi vida, en al menos un sentido, para siempre: "us Hipone..." alcancé a leer en lo que era la parte interna de la carátula.
Instantáneamente recordé mis clases de Historia donde mi profesor había comentado que en tiempos remotos, cuando no había tanto papel como hoy (pero sí más árboles) se solía ocupar casi cualquier cosa para crear las carátulas y portadas de algunos ejemplares importantes.
Revisé el marco legal de mi edición de la Summa: Roma... 1584... ¡1586! Tenía en mis manos un ejemplar antiquísimo de la obra que seguramente a los catalogadores se les había pasado por alto. ¡Y no nada más eso! Era posible que la portada estubiera hecha con una obra de Agustín de Hipona. "Después de todo -pensé- la mejor amiga de mi novia encontró un ejemplar del Quijote cuasioriginal enla biblioteca de su preparatoria, en México".
Quizá era demasiado optimista o deseaba enfermizamente haber encontrado algo de incalculable valor. Como sea, no reparé en conseguir un modo de robarme el libro. Actividad que deseché instantáneamente al escuchar la arenga de mi santa madre al enterarse que su único varón se había vuelto un ladronzuelo.
Así, decidí hacer algo aún más atrevido: desarmar un libro de 1586 sin que nadie se diera cuenta y deseando no ir a cometer un crimen bibliológico. Saqué mi navaja suiza-desarmador-abre latas- destapa corchos y me dispuse con todo el cuidado a desprender la portada. La firma saltó a mis ojos: "Agustinus Hiponensis".
Después de casi seis horas de intensa labor logré rescatar el documento que enmarcaba la obra de Santo Tomás. Aunque estaba en latín y mis estudios de esa lengua no habían sido los mejores, pude leer el documento casi sin problemas: se trataba de una carta a una tal Floria Emilia, la dilectísima de Agustín, según lo que podía ver.
Me desmoroné: si ese documento era real, ¿significaba que el castísimo Obispo había tenido una amante? Sin embargo, al releer la carta me animé y mucho: ¿podría tratarse de la concubina que menciona Agustín en sus famosas Confesiones? Traduzco la carta y espero que ustedes juzguen:
"Estimada Floria Emilia, la más querida:
He recibido tu carta y no puedo más que decirte que me llenó de alegría saber de ti, pero me mató de tristeza saber de ti en estos términos. ¿Fuiste realmente tú, Floria, la que redactó esas dolorosas líneas?, ¿o acaso el veneno de algún funesto enemigo fluyó por tu pluma y manchó la carta que me mandas?
No te reconocí en tus líneas, aunque las anécdotas que compartimos acusan tu identidad. Me gustará escribirte pronto y largo, te mandaré una respuesta digna de ti en poco tiempo. Sin embargo, en este momento me es imposible, pues tengo una disputa que terminar de trabajar y me acabo de enterar de que mi buen amigo, Crisóstomo de Roma, parte hacia África el día de mañana.
Recibe esta misiva como muestra de mi buena voluntad y mi deseo de no perder la oportunidad de contestar a las líneas que me hiciste favor de regalarme.
Floria, mi más querida, te saludo no como el Obispo de Hipona, sino como el hombre que protege tu recuerdo y sangra las heridas que le proferiste.
En profundo amor de Dios, espero que perdones mis afrentas,
Agustinus Hiponensis".
Yo opiné que sí era esa concubina. Y no sólo eso, decidí ponerme a buscar tanto la carta de la tal Floria como la respuesta de Agustín. La búsqueda se volvió mi obsesión, tanto que abandoné la tesis y perdí mi empleo.
Sin embargo valió la pena la búsqueda. Es mi intención narrar rápidamente cómo di con la carta de Floria y cómo con la de Agustín, pero ahora que publico esto mi editor me ha forzado a separar este prólogo en dos capítulos distintos: "la gente ya no sabe leer, Zoon", me sentenció.
Nada tendría de extraordinario si hubiera sido por mi poco cuidado: sin considerar que el papel podría ser una antiguedad ("no se ve tan viejo", me dije) lo tomé y me dispuse a ponerlo entre la carátula y la primera página de mi edición. ¡Cuál fue mi sorpresa al encontrar una de las esquinas del libro un poco arrancada!
Lo primero que pensé fue que quizá algún estudiante imbécil había querido usar parte de la carátula como separador o algo por el estilo. Por eso intenté acomodar un poco ese desgaste para, acto seguido, llevarlo al biblotecario en turno y avisar del desperfecto. Así como puse mis dedos en la carátula saltó a mi vista algo que cambiaría mi vida, en al menos un sentido, para siempre: "us Hipone..." alcancé a leer en lo que era la parte interna de la carátula.
Instantáneamente recordé mis clases de Historia donde mi profesor había comentado que en tiempos remotos, cuando no había tanto papel como hoy (pero sí más árboles) se solía ocupar casi cualquier cosa para crear las carátulas y portadas de algunos ejemplares importantes.
Revisé el marco legal de mi edición de la Summa: Roma... 1584... ¡1586! Tenía en mis manos un ejemplar antiquísimo de la obra que seguramente a los catalogadores se les había pasado por alto. ¡Y no nada más eso! Era posible que la portada estubiera hecha con una obra de Agustín de Hipona. "Después de todo -pensé- la mejor amiga de mi novia encontró un ejemplar del Quijote cuasioriginal enla biblioteca de su preparatoria, en México".
Quizá era demasiado optimista o deseaba enfermizamente haber encontrado algo de incalculable valor. Como sea, no reparé en conseguir un modo de robarme el libro. Actividad que deseché instantáneamente al escuchar la arenga de mi santa madre al enterarse que su único varón se había vuelto un ladronzuelo.
Así, decidí hacer algo aún más atrevido: desarmar un libro de 1586 sin que nadie se diera cuenta y deseando no ir a cometer un crimen bibliológico. Saqué mi navaja suiza-desarmador-abre latas- destapa corchos y me dispuse con todo el cuidado a desprender la portada. La firma saltó a mis ojos: "Agustinus Hiponensis".
Después de casi seis horas de intensa labor logré rescatar el documento que enmarcaba la obra de Santo Tomás. Aunque estaba en latín y mis estudios de esa lengua no habían sido los mejores, pude leer el documento casi sin problemas: se trataba de una carta a una tal Floria Emilia, la dilectísima de Agustín, según lo que podía ver.
Me desmoroné: si ese documento era real, ¿significaba que el castísimo Obispo había tenido una amante? Sin embargo, al releer la carta me animé y mucho: ¿podría tratarse de la concubina que menciona Agustín en sus famosas Confesiones? Traduzco la carta y espero que ustedes juzguen:
"Estimada Floria Emilia, la más querida:
He recibido tu carta y no puedo más que decirte que me llenó de alegría saber de ti, pero me mató de tristeza saber de ti en estos términos. ¿Fuiste realmente tú, Floria, la que redactó esas dolorosas líneas?, ¿o acaso el veneno de algún funesto enemigo fluyó por tu pluma y manchó la carta que me mandas?
No te reconocí en tus líneas, aunque las anécdotas que compartimos acusan tu identidad. Me gustará escribirte pronto y largo, te mandaré una respuesta digna de ti en poco tiempo. Sin embargo, en este momento me es imposible, pues tengo una disputa que terminar de trabajar y me acabo de enterar de que mi buen amigo, Crisóstomo de Roma, parte hacia África el día de mañana.
Recibe esta misiva como muestra de mi buena voluntad y mi deseo de no perder la oportunidad de contestar a las líneas que me hiciste favor de regalarme.
Floria, mi más querida, te saludo no como el Obispo de Hipona, sino como el hombre que protege tu recuerdo y sangra las heridas que le proferiste.
En profundo amor de Dios, espero que perdones mis afrentas,
Agustinus Hiponensis".
Yo opiné que sí era esa concubina. Y no sólo eso, decidí ponerme a buscar tanto la carta de la tal Floria como la respuesta de Agustín. La búsqueda se volvió mi obsesión, tanto que abandoné la tesis y perdí mi empleo.
Sin embargo valió la pena la búsqueda. Es mi intención narrar rápidamente cómo di con la carta de Floria y cómo con la de Agustín, pero ahora que publico esto mi editor me ha forzado a separar este prólogo en dos capítulos distintos: "la gente ya no sabe leer, Zoon", me sentenció.
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