domingo, 9 de diciembre de 2007

VI. De cuáles fueron algunas de las razones que lo llevaron a separarse de Floria (Primeras de varias)

Lo que nos terminó por separar fue el no entendernos, o más bien el dejar de hacerlo. ¿Cómo puede florecer una relación sin el riego constante de una comunión verdaderamente íntima? Floria, cuando dejamos de entendernos, cuando nuestros idiomas se dividieron -como lo hicieron en Babel- ese día comenzamos a perdernos.

No fue culpa de mi madre, ni de mi pasión de joven. Sólo tú y yo somos culpables de nuestra separación. Tú me reprochabas el mirar nuevas colinas y yo me enojaba por no poder compartirte lo que veía en ellas. Olías el aroma de mi madre donde apenas existía una luz de cristianismo, donde ella sólo por asociación de ideas figuraba.

Fue la falta de comunión lo que nos separó. La falta de comunión, Floria, y nada más. No es que no nos hayamos hablado. Recuerdo bien platicar contigo bajo muchos árboles, bajo muchas lunas, discutiendo sobre Jano. Recuerdo, y espero que recuerdes, las risas que comparíamos en nuestras caminatas y las lágrimas que enjugamos juntos. Hablamos mucho, dijimos mucho, pero no fue suficiente.

¿Es que las palabras son suficientes por sí mismas? No, ni siquiera cuando pasan de uno a otro claramente. Discurrir no es comunicar, así como estar juntos no es vivir en comunión. Y eso es lo que nos faltó.

Comunicar, Floria, significa poner el alma entera en las manos del oyente. Míralo de este modo: tu carta nos ha unido nuevamente, mediante esta nueva relación epistolar. ¡Loado sea Jesucristo, Floria! Tu carta realmente comunicaba: te abrió a mí, me presentó tu intimidad, como ni tu cuerpo desnudo al final podía hacerlo. Comunicar es confianza, en que el otro puede entender lo que le decimos, es hacer del diálogo unidad entre dos.

Un par de amantes pueden unirse por la pasión, por la Fe, por el amor, pero también por el diálogo. Y cuando logran eso, la unión es tan profunda como la que tiene el Cuerpo de Cristo, que se mantiene unido por la comunión de los Santos de la Iglesa. Esa comunión es comunicación: eso es lo que nos faltó.

No quiero que te sientas mal. Fue quizá nuestra pasión juvenil la que nos impidió hayar el camino de esa comunión. Pero ahora, más maduros, la poseemos en verdad. Que nuestros caminos fueran paralelos y no uno en una sola carne fue algo necesario. Que nuestros caminos se separaran con tanto dolor en el alma, fue un accidente lamentable sobre el ya no vale la pena hablar. Comenzamos separándonos en intereses, en modos de superar nuestros problemas. Seguimos separándonos cuando nos entendimos como dos individuos tan autosuficientes que nos volvimos incomunicables. Lo tuyo era de tu vida, lo mío era de mi vida. ¡Floria, caíamos en el Silencio y no nos dimos cuenta! Mientras hablábamos tanto silenciábamos nuestros espíritus y cegábamos al otro casi sin piedad.

Pienso, Floria, que el hombre está hecho para la unidad. Hombre y mujer u hombre y Dios, al final lo que importa es la unidad. Una carne, un espíritu, una Iglesia. La unión es necesaria: no es un mundo continuo, inalterado. Habemos hombres, mujeres, niños, gentiles, herejes, cristianos, ricos, pobres, ciegos, ricos, pobres... pero todos estamos llamados a la unidad, a hacernos uno, una sola cosa para alabanza de Dios. Por eso tenemos la comunicación, ese medio de hacerme otro y de traer a mí a quien le hablo. Aunque no sé si me exprese bien, espero que entiendas lo que quiero decirte.

Hablar lo importante no es comunicar, pues así valdría la pena sólo abrir la boca para alabar a Dios y no hay pan que se compre con salmos (aunque cada venta y compra deba ser pronunciada con la pureza suficiente para que Dios los escuche como cánticos). Lo importante es que mi vida sea la tuya y la tuya la mía, porque somos uno en Cristo, más allá de si la carne se hace una o no.

Así el padre se hace uno con el hijo y la madre con la hija y el suegro con la nuera y el sacerdote con la prostituta. Con la comunicación nos hacemos uno, uno solo. Un único ser viviente que tiene por cabeza al Hijo [las siguientes líneas son ilegibles]

No te reclamo nada. Fue un error de dos que hoy gracias a ti estamos corrigiendo. Pero hablemos ahora no de lo que nos separó, sino de lo que hizo que nuestras vidas no fueran una según la carne.

3 comentarios:

Emilia Kiehnle dijo...

Me da gusto que hayas vuelto a publicar por aquí. Ya extrañaba esta pluma... ;)

Me gustó mucho. En la forma todavía tiene algunos errorcitos y hay que pulirlo más, pero me gustó la profundidad.

Está muy dura la parte en la que dices: "Tu carta realmente comunicaba: te abrió a mí, me presentó tu intimidad, como ni tu cuerpo desnudo al final podía hacerlo." Me llegó, me gustó.

Gracias por publicar!

Zoon Romanticón dijo...

Por la forma no publiqué por más de un año. Decidí que aunque mi pluma está atrofiada tengo que volver a comenzar para ir sacando cayo nuevamente.

Este capítulo de verdad no me gustó cómo quedó en la forma, pero creo que es un producto que vale la pena para trabajar más adelante sobre él.

Quizá un poco más de comentarios al rededor del "fondo"...

Emilia Kiehnle dijo...

Pues lo más relevante del fondo, me parece, es la idea de que las relaciones nunca se acaban por culpa de un tercero. Una relación sólo termina por las personas que la dejan morir. Cuando uno ya no se abre, no importa qué tanto diga o haga.

A veces uno se acostumbra a estar con el otro, simplemente. A veces se nos olvida que ser con alguien no se trata sólo de acompañar, sino de vivir a la par.