Veo con alegría que recuerdas aquellas noches en que acariciamos al Amor en nuestras pieles. Pero veo con mi mirada enturbada por las lágrimas que, muy por encima de ellas, recuerdas las noches de continencia y los malos momentos que tuvimos que soportar. ¿No fue, Floria, una decisión tomada por ambos enfrentarnos a mi madre y conseguir dormir en su casa por un tiempo? Ambos sabíamos que no sería dificil, su sombra era demasiado potente y, es verdad, lo digo sin pena, la quería demasiado.
Para mí siempre fue una gran mujer, sensata y de una mente clara como el viento de Milán. Sus consejos siempre fueron para mí la luz que iluminaba mi camino, aunque más de una vez, influenciado por el fuego de mi juventud, los expulsé de mi conciencia. Mónica, sierva del Nazareno desde que mi memoria está activa, siempre vio por mí.
Claro que esto no significa que fuese inconfundible, incapaz de equivocarse. Muchas veces la vi errar el camino y aconsejarme erradamente; muchas más la vi enojada por mis decisiones, tan contrarias a las suyas, aunque yo supe en su momento que eran las mejores, las que mi Bien deseaba. Y ella tuvo que aceptarlas. Seré sincero contigo: fue paciente, en su Santidad, frente a mis pecados, pero nunca pudo serlo frente a mi libertad.
Y lo hablé contigo, por ello me lastima un tanto que hoy me reproches mi relación con mi mamá. Me enfrenté a ella y la vencí, la vencimos, por los dos. Decidí ir en contra de su consejo y vivir contigo, amar contigo, amarte a ti. Eso no lo he olvidado, aunque no lo mencione en mis Confesiones. ¿O es que acaso hubieras preferido que nuestra intimidad fuera expuesta a los ojos de los hombres? Dios la conoce y la santificó en su momento, ¿para qué hacer público lo que fue creado para subsistir sólo bajo la protección del secreto nupcial? Pues aunque no nos casamos, siempre te fui fiel...
Jamás cruzó por mi mente ser falso al amor que te profesé, jamás consideré faltarte. ¿Es necesario sufrir tanto por el amor que le tuve a mi madre? ¿Son celos los que te mueven a herir mi costado o es que en mi pasión nunca supe mostrarte lo mucho que significaste para mí? Hoy, sinceramente, lloro.
Acusas, entre líneas (¡grande retor siempre has sido!), que mi relación con mi madre fue, si no incestuosa sí muy poco normal, muy poco sana. La tachas de una casi enfermedad. Me preguntas, comparándome con el hijo de Layo, si retengo en mi memoria la tragedia de Sófocles. Sí, la tengo. Te pregunto de vuelta: ¿recuerdas tú el cuarto mandamiento de la Ley?, ¿recuerdas la conclusión a la que llegamos un día platicando en la orilla del mar, con la arena como lecho y como velo el Ocaso?
¿Qué implica,
No fue el Nazareno quien instituyó esta Ley para nosotros. En el Éxido se narra cómo el Dedo de Dios mismo marcó la sentencia que Moisés, libertador, nos trajo en las Tablas de la Ley. Pero no nos importa de dónde vino esta normativa, sino lo que significa. Ambos hemos sido hijos, ambos somos padres: ¿qué quiere decir, entonces, esto de honrar a nuestros padres y madres?
Es respetarlos por la autoridad que su experiencia les otorga y por el supuesto que aceptamos al confiar en que nos aman y buscan protegernos. No hay padre que die piedra por pan, ni vívora por ave al hijo que le pide de comer, ¿no es esta nuestra garantía? Honrarlos es agradecerles este intento continuo de llevarnos por el mejor camino. Es aceptar sus palabras y buscar en ellas la Verdad, entender que en su mirada sólo descansa el amor que nos profesan.
No cabe en el mundo un alma más desdichada que la que no comprenda todo el Amor que implica la palabra Padre o Madre. Dios mismo es Hijo, Floria, ¿recuerdas el gran conflicto que nos causaba pensar a Dios honrando a una humana, a la Santísima María? Cómo es posible que Dios mismo honrara a una de sus creaturas. Sólo por Amor. Y eso es honrar a los padres, es aceptarlos, entregarles nuestra confianza y buscar su tranquilidad, pues ser padres implica -si lo sabremos tú y yo- no descansar jamás hasta morir o hasta encontrar felices a nuestros hijos.
Pues bien, Floria, eso fue lo que intenté hacer con mi madre: tan sólo amarla. Comprendo que los celos la cegaron más de una vez y que llegó a lastimarte profundamente. ¿Olvidas mi coraje y mis lágrimas al sentir en mi alma tu llanto y tus emociones? Más de una vez enfrenté a mi madre por nosotros. Ella jamás lo entendió, pues su santo consejo estaba ofuscado por el miedo de perderme, por el terror de verme equivocar nuevamente el camino. Pero aún enfrentando estas dolorosas disputas intenté siempre honrarla.
Sus consejos siempre me acompañaron, aunque no todos los llevé a la práctica. Confié en que buscaba lo mejor para mí y que por eso ensus palabras se escondía forzosamente algo de esa Verdad que mi alma, desde niño, siempre buscó. Por eso cada vez me fui acercando más a ella y a su Credo: poco a poco, conforme más me permitía escucharla, me fui enamorando de su Jesús.
Y mientras yo encontraba la Verdad en sus palabras, encontraba en tu mirada y en tu piel la Vida. Saboreaba tus besos con mis besos y suspiraba tus ausencias con el incurable dolor del extrañarte. El mundo comenzó a ser nuevamente nuevo para mí. Como aquella vez que te miré bajo la sombra de un árbol, todo comenzó a ser nuevo a mis ojos: el Amor significaba algo nuevo, el mundo se veía diferente. Yo estaba encantado por el Nazareno de mi madre, por eso me apegaba más y más a ella, pues aunque sus consejos siempre pesaron mucho para mí, era la verdad que ahora descubría lo que me acercaba a ella.
¿Cómo puedo dejar de admirar a la mujer que se mostró coherente hasta el último día de su vida? Se casó con mi padre y logró educarme en la Fe, pese al patrimonio latino en el que fui criado. Quizá fue por esto que nuestra relación comenzó a fallar. También, no la justifico aunque la perdono, también fue por ese defecto de mi madre que nunca pudimos salvar: cómo le encantaba opinar sobre lo que no le correspondía, y cómo metió las manos para hacer de mí un Cristano.
Comprendo que eso te haya sonado a separación, pues para mi madre nosotros sonábamos a pecado. No le pidas que entienda el amor que nos tuvimos, pues era madre. ¿Entenderías tú el amor de una muchacha hacia Adeodato? Sin embargo no fue ella la que rompió nuestra relación.
