domingo, 5 de agosto de 2007

IV. De Adeodato (y los pecados relacionados).

Y puesto ya a hablar de la niñez, déjame aclararte algunas cuestiones sorbe nuestro amado Adeodato.

Lo primero que quiero que sepas, Floria, es que me sorprendió hasta las lágrimas encontrar en tu carta reclamos tan afilados sobre este tema. Te confieso que -¡pobre de mí, perdóname!- lo primero que me ocurrió al leerte fue enojarme. Un profundo calor subió por mi pecho y mis airadas lágrimas me invitaban a contestarte con la fría crueldad que mis años de retor me otorgaron.

Pero entonces me detuve y, al recordar el ejemplo de Cristo que tanto empeño pongo en imitar, aunque por mis pecados soy muy lerdo en ello, pude comprender que no era otra cosa que tu amor de madre lo que te impulsaba a lacerarme de aquel modo.

Dilectísima Floria, me escribes que debí avisarte sobre muchas cosas para vivirlas juntos al lado de nuestro hijo. Dos al menos recuerdo haberte contado en cartas: la muerte, ¡ay!, de nuestro hujo y la terrible tristeza que sentíamos él y yo al no poder encontrarte. ¿Sabes cuántas cartas te escribimos ambos, deseosos de saber de ti? Sin embargo jamás reicibimos respuesta y por tu enojo adivino que mis disculpas a ti fueron atinadas: jamás te llegaron nuestras misivas.

Sí, Floria, aunque me reclamas como si pudiéramos mandarte una carta e instantáneamente tu la recibieras (inaudito sueño, podrás concederme) quiero que recuerdes una cosa: tan sumidos estábamos en nuestra tristeza e inmadurez cuando regresaste a África que jamás pensamos en decirnos cómo contactarnos. Si no mal recuerdo fueron tres cartas las que te mandé a distintos lados hasta que por fin di con tu paradero. Tres cartas que se perdieron y que te contaban el magnífico desarrollo de tu hijo.

Tras encontrarte mantuvimos una escasa relación espistolar, tres cartas dices que recibiste... hasta que de pronto desapareciste.

Adeodato y yo te seguimos mandando cartas, pero no regresó respuesta alguna. Repito que ahora sé que jamás las recibiste. Pero pareciera que tampoco hiciste mucha labor por contactarnos, aunque en tu carta me confiesas que seguiste mis pasos (¿o más bien seguiste nuestra cartaginense historia, nuestros recuerdos de Cartago?); quiero creer (y no dudo, Floria, pues aunque mi amor es diferente aún te amo) que tú también nos escribiste y ambos intentos se furstraron.

Hoy, lleno de lágrimas, déjame te platico algunas anécdotas de nuestro hijo.

Recuerdo cuando una noche fue a despertarme a gritos. Había tenido una pesadilla: estaba solo parado sobre las aguas de un río y de un árbol cercano saltaba un perro grande y muy feo y se sentaba a su lado. El perro le dio tanto miedo que él comenzó a hundirse en el río y comenzó a gritar por ti: "mamá, mamá", gritaba. Y cuando apareciste en una barcaza el lobo se puso entre él y tú. Entonces despertó y y fue corriendo a mi lado. Lo abracé, conmovido por el terror de un infante ante un sueño (¿no es el mismo miedo que tenemos los adultos, Floria, por lo desconocido, por la muerte, por lo Definitivo y por la vida misma?), y entonces me dijo: "¿Por qué el perro podía flotar en el río si era tan malo?"

Otro día íbamos caminando mi amigo, Adeodato y yo por un huerto. Entonces nuestro hijo corrió delante de nosotros y se sentó debajo de un árbol: "mira, papá, si me apuro a llegar a la sombra puedo descansar antes que tú".

Me acusas de platicar de mi infancia desde la visión que tuve de mi propio hijo. Y confieso que así lo hice, pero dime Floria: ¿acaso es tan distinto un niño de otro?, ¿fue mi hijo tan diferente a lo que tú o yo lo fuimos de niños? Claro que no. Todos fuimos concebidos por la carne e insuflados por el Aliento. Imagen y Semejanza en nosotros existen, pero -incluso en mi amadísimo Adeodato- hay fracturas que se evidencian.

"Papá -me confesó un día nuestro hijo-, papá, ¿por qué hay veces que sé que no estoy siendo bueno y aún así sigo haciendo eso? Es que sé que mentir es malo y hoy le dije una mentira a Alipo, creo que él no se enteró, pero yo sabía que era malo". ¡Nuestro hijo me preguntaba sobre uno de los dolores de Pablo, Floria! Y Adeodato era apenas un niño.

Por supuesto que no hay maldad en querer mamar la leche, ni en buscar el cariño en el lecho. Pero hay maldad en el desear la satisfacción propia por encima de las necesidades reales del alma y del cuerpo. Un niño es santo cuando mama el pecho de la madre, pero es hijo de su pecado cuando aún en su inocencia se comporta como adulto envidiando. Un hombre es bienaventurado cuando es santificado desde el lecho, pero es hijo de su pecado cuando más que amor siente exaltación y deja de amar los besos por comenzar a desear su propio deseo.

¿Recuerdas que ya lo habíamos hablado, un día, al lado de un olmo, después de amarnos? Dios es Amor, Floria: no puede condenar nuestro cariño. Pero nuestro cariño está en constante peligro, asechado por el Enemigo, y por ello hay que cuidarlo. Ese día te pedí perdón llorando y recuerdo que me perdonaste entonces: no te amé, Floria Emilia, mi más querida, ese día no te amé, sino que deseé mi deseo. Ese día Dios bendijo mi pecado y sacó de mi lascividad un don: concebiste a Adeodato.

¿Me culpas entonces de llamarle a nuestro hijo "fruto de mi pecado"? No es recriminación ni dolor lo que me mueve a llamarlo así. ¡Por Dios, no! Es un inmenso gozo y una inefable gratitud la que me obligan a descubrir que el niño era bueno, aún siendo hijo de ese día. Dios sacó de mi mal un bien, creo de mi pecado un hijo, un niño que toda mi vida me ató a Él.

¡Grande es mi Dios que selló tu perdón con un hijo, Él que a su vez fue de María el Hijo!