domingo, 1 de julio de 2007

Capítulo III. Sobre la niñez (de Floria Emilia).

Te recuerdo la niña que fuiste, antes de que te conociera, pues no creo que me hayas mentido en tus descripciones de ti misma cuando, inocentes, nos conquistábamos a lo largo de nuestros catorce años.

Floria, madre de mi queridísimo Adeodato, en ti conocí la niña que fuiste, la inocente infanta amante de todo lo que yo amaba, incluso yo mismo. ¿Te recuerdas como la niña que me dijiste que eras?

Naciste en el seno de una familia pobre, tanto que dos de tus hermanos murieron. Tu madre, una mujer paciente, intentó cuidarte y criarte de algún modo para que pudieras sobrevivir. Tu padre, en cambio, se dedicó a fomentar tu imaginación.

Desde pequeña escuchaste muchas de las leyendas que yo, en mi avidez, buscaba leer mientras vivía bajo el techo de mis padres. ¡Hasta entonces nos parecíamos! Buscabas con empeño conocer más y más, sumergirte velozmente en los laberintos de la fantasía y coexistir en ese mundo.

Así viviste tu niñez. Delgada y un poco enjuta (según tus palabras) por la falta de alimentos y el exceso de lecturas. Tu piel morena (tan seductora como yo la conocí) entoces era ceniza y frágil. Sin embargo eras una niña inocente y deseosa de hacer de este mundo un lugar mejor. Sabías que Helena se había equivocado y que Dido pudo haber sido feliz; comprendías a tu corta edad que Héctor quizá pudo haber encontrado otro modo de defender Ilión. Eras brillante, una niñita brillante. Tanto que la gente no te veía muy bien.

¿Qué había en tu corazón sino pureza y amor a la Belleza?, ¿no eras una enamorada de la Verdad, a la misma edad cuando yo me sumergía en la ilusión de los cuentos que leía?

Repito, ¿qué había en tu corazón sino pureza y amor a la Belleza, quiero decir: niñez? Pues, ¿qué es la niñez sino esa limpieza y ese amor? Es propio de la santidad y la beatitud ser pulcros y amantes de lo bello, son ellos los que, como Moisés, pueden ver cara a cara [a Dios]. Y recuerdo el pasaje de la Escritura en la que Nuestro Señor Jesucristo sentencia que sólo los niños pueden llegar a Él.

Floria, mi más querida, eras en tu niñez el modelo que hoy persigo, la idea del hombre que quiero ser. ¿Te explicas ahora porque en tu historia estaba ya mi historia, en tu infancia mi Salvación, en nuestro amor mi Contingencia? Quizá todavía no, por eso, déjame avanzar un poco más.

Me contaste que cuando entendiste que siendo letrada podrías ayudar a tu familia te sumergiste de lleno en tus estudios. Aprendiste el latín de Cicerón y acaso lo mejoraste, tu oratoria dejó perplejos a tus oyentes y sólo porque eras mujer tu camino fue un poco más difícil. Tú sabes lo que te admiro como mujer, algo de tu imagen mantengo: revisa, si quieres, mis escritos sobre el matrimonio, encontrarás tu imagen a través de las páginas.

Eras una niña inteligente y culta. A tus once años habías logrado tu primer éxito para tu familia: ganaste un concurso de oratoria y el premio lo diste a tu casa. Fue la gran alegría de tu vida. Sin embargo, Floria, poco tiempo después perdiste a tu madre. La pobreza nunca ha sido una fiel dama de compañía.

El dolor te embargó tanto que emprendiste un viaje; eras apenas una niña, tenías la vida por delante, pero la experiencia ya la traías detrás. Viajaste mucho y te enamoraste de la libertad. Me contaste, ¿lo recuerdas?, me contaste cómo un día bajo una higuera viste a un pajarillo llevar una rama a su nido. Su libertad y su belleza te dieron una idea: ambos conceptos son convertibles. Algo muy revolucionario, pero que me conquistó cuando lo escuché.

Regresaste a la casa paterna sólo para encarar una muerte más. Tu padre había partido. Sólo quedabas tú. Así, apenas un poco más grande que una niña, decidiste mudarte a Cártago donde destacaste como magistra y como mujer. Dos años después, con la juventud en tu cuerpo, enamoraste a un joven ávido de experiencias, llegado de Tagaste apenas un año antes. Ese joven era yo.